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By Jorg Kastner

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Gracias, Santo Padre. El Papa apoyó el índice de la mano derecha sobre sus labios. —Le ruego por lo que más quiera que no diga nada acerca de lo que acabo de hacer, Alexander. No quiero que la cristiandad me confunda con la santísima Virgen de Lourdes. Ya me imagino la que armaría la prensa. El «Rasputín del Vaticano». ¡No, me tiene que prometer que guardará silencio, en serio! Custos le tendió su delicada mano. Mientras Alexander la tomaba y la estrechaba, se sintió como un colegial que acabara de sellar un pacto infantil con un compañero.

Era justo lo que esperaba Alexander. Se volvió hacia un lado y el golpe pasó de largo. Él también era ducho en el combate con alabardas. Mientras esquivaba el golpe, empujó el arma del contrincante hacia abajo con el asta de la suya. Una nueva y rápida torsión y una llave en la nuca del enmascarado bastaron para que Alexander le golpeara la cadera. El desconocido cayó con un sordo rumor sobre el tajo de madera sobre el cual antiguamente los guardias condenados a prestar un servicio de castigo cortaban leña.

Donati volvió a depositar la hoja de papel sobre la mesa y miró a su alrededor—. Bueno, ¿qué les parece a ustedes, quién escribió este texto? Los guardias permanecieron en silencio sin saber qué decir, algunos trataron de adivinarlo: — ¿François Ravaillac, el asesino de Enrique IV? —O el asesino de Enrique III, aquel fraile dominico... —Sí, se llamaba Jackes Clément. —No, a ése lo traspasó con una lanza la guardia de Enrique después del atentado. No tuvo tiempo de escribir nada. — ¿A lo mejor, fue aquel Gerard, el que disparó contra Guillermo de Orange el Taciturno?

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